martes, 23 de junio de 2015

Ella

Corro con mucha dificultad hacia donde se encuentra Ella. Mi cuerpo es demasiado liviano, el aire demasiado denso, y mis pies apenas tocan el suelo, lo cual me dificulta ir a la velocidad que deseo. Mientras intento avanzar, noto el lugar en el que nos encontramos. Parece ser una especie de galpón vacío casi en su totalidad, salvo por esa fuerte mesa de algarrobo en la que yace el cuerpo inconsciente de la mujer, la cual me resulta ligeramente conocida. En la pared a mis espaldas, a unos veinte metros, se encuentra una gran puerta doble de metal, corrediza. Ella camina con tranquilidad hacia la mesa. Para, me mira y me dedica una sonrisa por unos segundos hasta que bajo la mirada hacia su mano izquierda. Un sudor frío me hace estremecer en cuanto veo el brillo del afilado cuchillo que sostiene. La miro nuevamente y ella rompe el contacto visual, pero sigue sonriendo y continúa caminando.
Se me hace cada vez más difícil avanzar, cada vez voy más lento, estoy a tan solo unos ocho metros de la mesa, pero siento que tardaría horas en llegar, a la velocidad a la que me muevo.
Cuando Ella llega a la mesa, deja el cuchillo a un lado, saca una jeringa con una aguja muy grande de su bolsillo, y tomándola con las dos manos, se la clava en el pecho, unos segundos después, la mujer inhala bruscamente y abre los ojos, sobresaltada. Seis metros. Ella la toma del pelo, le levanta la cabeza a la altura de la suya y la obliga a mirarla a los ojos, y puedo ver la sorpresa en la cara de la mujer al ver su sonrisa carente de alma. Le suelta la cabeza y la mujer vuelve a desplomarse sobre la mesa. Cinco metros. Veo como su mueca de miedo se transforma en una de horror al darse cuenta que no podía moverse. Ella toma el cuchillo nuevamente, se vuelve hacia la mujer, mirándola con un gesto de fingido aburrimiento, y luego de un profundo suspiro, desliza rápidamente el cuchillo, de forma horizontal, atravesándole el abdomen con el corte. La mujer lanza un chillido desgarrador, pero no se mueve. Cuatro metros. Con un brillo de diversión en sus ojos, Ella corta de nuevo, esta vez en forma vertical, dejando marcada una cruz, de la que empieza a brotar sangre. Más gritos. Tres metros. Da un paso hacia atrás, y contempla a su víctima como si fuera una obra de arte, se pasa la mano por su rojo y largo cabello, y, al fin, sonríe plenamente... y me mira. Su mirada revela mucho, lo entiendo todo. Me desespero. Dos metros. Sin vacilar, toma nuevamente del pelo a la mujer, que tiene la cara cubierta de lágrimas, y todavía sigue gritando, la despega de la mesa, y le corta el cuello, segundos antes que llegue a ella. Al tocarla, una potente luz blanca lo cubre todo por un instante, dejándome ciega durante unos segundos, al mismo tiempo me siento mareada, y escucho el sonido de metal oxidado de la puerta abriéndose. Desorientada, miro hacia abajo, mi mano izquierda sostiene firmemente el cuchillo que gotea sangre, mientras que los dedos de la derecha están todavía enredados en el cabello de la mujer. Con horror, suelto lo que hay en mis manos, y retrocedo hasta chocarme con una pared. Entonces levanto la mirada, y los veo... M, entrando, flanqueado por dos personas a cada lado. Me mira con desaprobación, caminando firme y rápidamente hacia mí. Me dejo caer y cierro los ojos. Ninguna explicación que pudiera darle tendría oportunidad de ser creída.



16 de febrero del 2014