miércoles, 24 de junio de 2015

Castigo (Ella II)

Son tiempos difíciles. Por más que quiera huir, ya no hay caso. Aunque pudiera irme, ¿Qué haría?
Me creen culpable. M me cree culpable. Y yo estoy empezando a hacerlo también.
Nunca me entere de quien se trataba, de quien era la mujer en el galpón.
Y ahora, sola y encerrada, solo puedo pensar. No siento ningún tipo de culpa. No pronuncie ninguna palabra cuando me interrogaron. Ni siquiera a él.
Pensando, pensando, pensando. ¿Que mas da? Eso es lo que queda  Ya no hay espacio para otra cosa. Ni nunca más lo habrá.  Y mi tempo se va acortando. Ya falta poco. Estoy sentenciada.
El día se va acercando lentamente, los segundos son como horas. Y al fin llega.
Salgo. Entro. Me siento. Me sostienen a la camilla. Hay gente mirando tras un vidrio. Lo busco pero no lo encuentro. Durante unos minutos, intentan convencerme de hablar. Se quedan sin respuesta se mi parte, ni siquiera una mirada. Solo miro el lugar. El último lugar que mis ojos van a ver. Tal vez después de esto me lleven a otro lugar, seguramente. Pero no voy a poder  verlo.
Siento que se abre una puerta, y casi al instante, lo siento. Él está ahí. Por un momento, todo se cae, más abajo de lo que estuvo desde el incidente. M camina hacia mí, seguido de dos personas, tal vez las mismas que lo acompañaron en el galpón. No lo sé, no las veo. Solo miro hacia un punto fijo, intentando mantener la compostura. Debí haberlo imaginado. En verdad, era bastante lógico. M debía ejecutar mi sentencia. No debí pensar que iba a hacer una excepción conmigo.

Le informan que me rehusé a hablar. Entonces, no intenta decirme nada, solo, toma la vía, me limpia el brazo, y con delicadeza lo perfora, hasta llegar a mi vena. Y ya no puedo más. Lo miro, él me mira, y veo el dolor, reprimido, en su mirada. Y una pregunta. “¿Por qué?”. Una lágrima se me escapa y cae sin que pueda evitarlo. Me suelta, suavemente, deslizando su mano sobre mi brazo, como una caricia. Fue su último acto de compasión hacia mí. Me estremezco, pensando en que nunca más podré sentirlo, nunca más. De un paso hacia atrás y se reúne con sus acompañantes, observándome todos. Aparto la mirada de sus ojos triste, y nuevamente miro el vacío. Espero, segundos, minutos, horas, días, semanas. No, solo son segundos, y mi vista comienza a nublarse. No resisto y quiero mirarlo, una última vez. M, mi M. Pero no puedo girar mi cabeza, no puedo mover los ojos, los cuales se van cerrando lentamente sin que pueda hacer nada. Se cierran. Ya no siento nada y me dejo llevar. La pesadilla eterna comienza.

17 de febrero del 2014